miércoles, 25 de febrero de 2009

El bhúo

La noticia me llegó desde la fila de atrás. Unos chamacos de la escuela del pueblo hablaban y repasaban las estupideces cotidianas hasta que uno, al que no le vi la cara, interrumpió -Se murió el bhúo-.
Los otros tres hicieron silencio. Más tarde bromearon con aquella verdad para achicarla y hacerla más liviana, menos irremediable. Lo cierto es que me jodieron el día. Porque yo no tengo esa capacidad de hacer las cosas portátiles, de bolsillo.
Con el bhúo no crucé nunca una palabra en los siete años en que tomé su guagua. Tampoco creo que hiciera falta.
La diferencia estaba en que su mutismo se debía a su falta de dientes, y a su tristeza prehistórica. El mío era otra cosa. Además, treinta años tras aquel volante fueron el tiempo necesario para que no le interesara quién iba o dejaba de ir en su guagua. Los chamacos ya se habían bajado. Mi parada estaba cerca y por suerte una señora gritó el mismo destino y me ahorró el gasto innecesario de saliva. La guagua se detuvo. El nuevo chofer, un poco más joven y sonriente todavía, nos deseó un buen día. No contesté.

miércoles, 28 de enero de 2009

Crisis

-Me gusta caminar. Lo disfruto. No sé bien cómo lo hago, pero lo hago. Las piernas ahí solitas se mueven. Adelante, pa'atrás, saltan un segundo, aceleran, se detienen y así. Soy del grupo que, frente a una escalera eléctrica y otra común, prefiere la última. El modo antiguo y simple. No importa el lugar. Así lo hago siempre y como te dije, me gusta. Ayer, estando en el tren, la escalera eléctrica se dañó. Y parece que la gente que usaba la escalera también. Era una tragedia tener que caminar. Durante algunos segundos varias personas se miraban, pareciera que hubiesen olvidado lo que se aprende a los dos años. Sentí la mirada fija, en la nuca, de una señora gorda que seguía mi descenso en la escalera del lado. Los que usualmente caminamos no nos afectan esas pendejases, en cambio, la gordita está acostumbrada a su escalera y olvida pronto cómo caminar-.

Así me respondió el que vende la lotería, cuando le hablé de la crisis económica.

miércoles, 14 de enero de 2009

vaticinio

Es invierno acá adentro. Tomo litros de café para espantar el frío y ganarle tiempo al sueño. Organizo, reviso, formulo papeles, trabajo como mula en esta oficina por un sueldo ofensivo. Pienso todo esto, mientras imagino cómo estará el día y la gente allá afuera.

No es fácil vivir en el trópico.

domingo, 21 de diciembre de 2008

manos de cocinera

Hace frío/ y a mi derecha
una mujer tiene manos de cocinera/
lo sé por el brillo opaco
propio de las mujeres con manos
de cocinera/
por ese gesto antiguo de enlazar
los dedos/
por las venas y las
manchas que le crecen y pintan
la tarde de frío/
Afuera es un cristal
al que la lluvia frágil golpea gris/
Acá/ la mujer
dibuja la historia del cansancio/
y le nace muerto un pájaro
de entre las manos/
Afuera es un cristal/
la lluvia es otro idioma/

martes, 2 de diciembre de 2008

anotación #10

no es sólo la ausencia
o la certeza de tu taza vacía
es la casa;
las ventanas que ahora sobran.

martes, 25 de noviembre de 2008

Nota

Conservar la capacidad de sorprenderse es algo complicado. Hace poco vi una nota sobre mi primer libro, el cual he publicado hace poco. Es sencillo, en cambio, soprenderse cuando existen las sorpresas. Esta es una. Sobre todo porque viene de alguien a quien aprecio y admiro.




Este libro es importante. Se impone por su falta de pretensión. Es el primer libro en Puerto Rico que nace impregnado de la dinámica particular de los llamados blog’s o bitácoras. El género del cual se sirve el autor para deleitar al lector es la llamada mini-ficción o mini-cuento. Aquí el manejo del lenguaje se da sin rebuscamiento. Las observaciones son dinámicas. Sin que lo esperemos la mirada se puede detener en una taza de té o en el sol que busca una anciana. En estas páginas se mezclan el encuentro con la nostalgia, el regreso con los objetos y la casa, a veces se busca luz, otras veces nos sabemos ubicados en la penumbra, los minutos prolongados de la espera en una estación del tren provocan curiosidad en el lector. En estos mini-cuentos también se da cita el desencuentro y la esperanza; materia prima de primer orden para quien regala estos universos en dosis, con voz sutil, voz suave, en ocasiones con aroma de poema; el lector sigue los hilos de la trama sin tropiezo, aquí no hay espacio para lo disonante, tampoco para lo abrupto; las imágenes no son estridentes. Y sin ser moralista o caer en una sensibilidad propia de un café azucarado en exceso, la piezas que integran La vida a ratos están impregnadas de una capacidad mayor para dar con detalles, pinceladas ausentes de cinismo, esa inocencia que defienden a ultranza ciertos escritores como código esencial para comunicar. Sin duda alguna, este libro no necesita del referente de haber sido la colección de cuentos galardonada con el Primer Premio del Certamen Intrauniversitario de Literatura, de la Universidad de Puerto Rico, que tenía como jurado a Juan Gelpí, a Mayra Santos y a Jorge Volpi.

La mini-ficción ha sido popular en Hispanoamérica, basta con recordar a Monterroso, a Britto, a las antologías compiladas por Borges y Bioy Casares, o a esa escritora que es Ana María Shua. En Puerto Rico, sin embargo, han sido contados los escritores que han desarrollado el género de manera exclusiva (Pedro Juan Soto con sus miniaturas, C.J. García con sus breves). Por lo anterior, La vida a ratos ejemplifica además una suerte de poética circular del género. Las claves están disponibles; no son crípticas para entenderlo, y pueden tener varias interpretaciones. El nombre: Christian Ibarra. La vida a ratos: su primer libro (también el primero de Ediciones Aventis). Culmino con un comentario de la propia Santos-Febres para la contraportada de este libro: Aprendí de sus hermosos textos, que socavan hondo con una sola oración.

Carlos Esteban Cana

sábado, 15 de noviembre de 2008

Wall Street

La matemática le da otro nombre a la suerte.
Luis Chaves



Del sabor del tiempo
que juntos no gastamos,
queda esto,
de sentirse todo un agente financiero.

domingo, 19 de octubre de 2008

El boleto




Era, como le llaman a los de su clase, humilde. De niño le hablaban del teatro y hace tiempo que quería asistir a uno. Con regularidad llamaba a la boletería e inútilmente escuchaba lo de siempre: -a los sesenta entra a mitad de precio, a los
setenta y cinco, gratis-. Tenía setenta y cuatro. Esperó largamente aquel año, hasta que ocurrió. Vestido con su mejor y único traje, perfumado de pies a cabeza fue llevado por aquel auto al teatro; pero el ataúd era muy ancho y no cupo por la puerta.

domingo, 5 de octubre de 2008

anotación # 9

... y nadie nos escucha cuando nos vamos.
Arístides Vargas.




Irse o morir;

más simple

mor(i)rse.

sábado, 4 de octubre de 2008

Helado

Con la mano ahuecada, frente al heladero, repite el mismo gesto de todos los días. Siempre revisa el menudo que le sobra de su flaco empleo. Hoy tampoco le alcanza para un helado.
Triste, piensa que la esperenza se la inventó un pendejo. De su bolso saca un arma y ordena el de piña, su favorito.