jueves, 6 de octubre de 2011
niños
de niño ningún niño, que se sepa, aspira que lo recuerden, a esa altura se espera todo, cualquier cosa, salvo ese final inútil. pero conozco hombres que toman fotos y escriben libros, o regalan una piedra como abalorio valiosísimo, y hasta se reproducen frenéticamente, incluso con ternura. es de estos hombres el empeño, la vanidad de durar. le pertenece, por ello, a cualquier niño la capacidad de ser infinito.
martes, 2 de agosto de 2011
Failed
Parecería como si las tormentas, ese milagro contenido en feroz mezcla de agua, viento y nubes, fueran nuestra única salvación, nuestra posterior posible resurrección. En esta isla se veneran los desastres naturales, se les implora una visita, alguna limosna, por mínima que parezca. Los primeros pobladores también idolatraban, pero no del mismo modo. Guabancex, Boinayel, Márohu, por ejemplo, eran adorados, respetados, pero también temidos. El temor nuestro tiene otro rostro. Aquellos eran divinidades; no la salvación.
Hoy no hubo tormenta. Y acaso ese signo sea la certeza de que alguien o algo nos ha abandonado, porque no es necesario, porque aquí las tormentas, los huracanes ocurren, aunque no en forma de lluvia.
Hoy no hubo tormenta. Y acaso ese signo sea la certeza de que alguien o algo nos ha abandonado, porque no es necesario, porque aquí las tormentas, los huracanes ocurren, aunque no en forma de lluvia.
lunes, 6 de junio de 2011
Los hijos
Los hijos se van, y aunque nunca se sabe cómo, es importante dejarlos ir. Dejar ir no es desprenderse, un tanto más es como querer desde el otro extremo. Mi hermano se fue. En silencio, mis viejos lo extrañan. Ella duerme pasado el mediodía, más de una vez ha saltado la ocasión de teñirse el pelo. A veces se le olvida y pone otro par de cubiertos en la mesa.
Él hace lo propio. Organizándole un par de discos que dejó, se magulló el brazo con el borde del escritorio. No fue nada, dijo. No me duele. Pero le quedó una marca notable, fea, y con sangre coagulada adentro. Tengo la piel de cebolla, se excusó. Y quizá eso sea la vejez. Vivir en calma, fervorosamente con aquello que no está.
Él hace lo propio. Organizándole un par de discos que dejó, se magulló el brazo con el borde del escritorio. No fue nada, dijo. No me duele. Pero le quedó una marca notable, fea, y con sangre coagulada adentro. Tengo la piel de cebolla, se excusó. Y quizá eso sea la vejez. Vivir en calma, fervorosamente con aquello que no está.
viernes, 8 de abril de 2011
Un libro inmerecido
a: Silvia, en donde esté
“Uno no tiene los libros que quiere, tiene los que merece”, me dijo una vez un amigo, en un arranque que parecía sacado de algún diálogo literario. No sé si él, -mi amigo- tenga razón. Existen las bibliotecas que se usan de adorno, como los pianos de cola que embellecen salas esplendorosas en casas donde nadie toca. Quizá lo soltó como una excusa bonita ante la impotencia de no poder leer lo que él quería a causa de su precariedad económica por preferir astutamente, en cambio, un par de cervezas con una muchacha, al desajuste que significaría el libro que se quiere leer.
Lo cierto es que mi amigo ya no está. Y no porque se haya muerto, sino porque hace mucho que le perdí el rastro. Pienso en él, en mi amigo, después de haber hojeado un libro del señor Benedetti que leí hace varios años: “El cumpleaños de Juan Ángel”. Del libro no me quedó ninguna imagen en pie. Con el tiempo los libros van dejando menos imágenes en pie, entonces hay que releer, porque así de finita es nuestra memoria.
Este libro, sin embargo, es el que más atesoro, no porque me haya gustado, lo atesoro por su dedicatoria. Lo compré en La Librería Mágica y ya el nombre de la librería encaja perfectamente con el cariño que le tengo al librito. Por costumbre, si los libros son usados, no veo las primeras páginas hasta que estoy en mi casa. Siguiendo el ritual, descubrí lo sorpresiva que aquella manía podría llegar a ser.
“Dic. 1976. Con renovada confianza en nuestra victoria definitiva, lo felicita con mucho cariño. Silvia (su pajarito)”. Transcribir estas palabras al Word es una desfachatez, pero no hay otra manera. Con pulso seguro y una letra redonda, un poco infantil, estas líneas me dejaron congelado. Por un par de horas, recostado, no pude hacer otra cosa que redescubrir lo imperfecto que es el techo de mi casa.
Y hace un rato, releyendo la dedicatoria, volvió un poco de aquella misma sensación. Distinta, eso sí. Pero similar a fin de cuentas. Inevitablemente no puedo dejar de sentirme un intruso teniendo en mis manos un libro que le fue dedicado a otra persona con tanta ternura indecible, en una fecha tormentosa, hace más de treinta y cinco años. ¿Se merece uno, entonces, los libros que tiene? Cada vez lo voy sabiendo menos.
Este libro, sin embargo, merecido o no, es uno de los que más preguntas me ha provocado. La fecha y la dedicatoria hablan solas. Pero, ¿cuál es el nombre de la persona a la que se lo dedica? ¿Acaso importa saber ese nombre? ¿Qué aportaría? ¿Será hombre, mujer? ¿Silvia, será uruguaya? ¿Estará viva? ¿Habrá sobrevivido la dictadura? ¿Le habrá dado alcance a su victoria definitiva? Y ¿qué hace ese libro en una librería de Río Piedras? ¿Por qué su dueño no lo conservó? ¿Qué razón tuvo para dejarlo ir? ¿Por qué llegó a mis manos esa copia y no otra?
Son preguntas obvias, vanas, sin respuesta y que podrían extenderse infinitamente.
Si tuviese la oportunidad le devolvería el libro a Silvia, pero no puedo. Aparte, tampoco sé si lo recordara ahora, y ya tampoco lo sabré. Le daría las gracias. Porque, aunque del libro ya no me acuerdo, adentro contiene otro libro que es al que más afecto le tengo. Por impreciso, por lo terrible o mágico de la historia que esconde. Si tuviese alguna noticia de mi amigo le hablaría del libro, le diría que a esta altura me importa poco merecerlo o no.
martes, 15 de marzo de 2011
Él barre
a mi amigo lalo, que es mexicano y buena gente.
Él barre y yo lo veo barrer. También habla, en modo automático, para nadie o para sí mismo. Hago que lo escucho, pero me fijo más en un caracol pegado al muro que está justo antes de un limonero enfermo, cerca de las matas de plátanos. Dice que en Japón ha muerto mucha gente, que en Chile se han derrumbado muchas casas, que hace un año también lo habían hecho. Yo le digo que no barra, que barrer es inútil. Entonces una hormiga molesta al caracol y el caracol mueve sus antenas, supongo que un poco enojado. Figúrate, esto que es una isla, se inundaría todo. Menos nosotros, le digo. Sí, por lo menos aquí no pasaría nada, dice. Por aquí nunca pasa nada, pienso.
Las hojas suenan y es bonito oírlas crujir. Ha barrido una parte considerable de ellas, con las hojas se mezclan unos capullos diminutos que caen desde los árboles. Es raro ver barrer. Es raro ver a alguien ocupado en algo, parecería como si estando, el otro no estuviese. O como una escena muy bien lograda en una película, pero no exactamente. The life of others, por ejemplo. Ahí el que espía se enamora de los gestos, de la vida del espiado, entonces uno quisiera tener la soltura del otro, presenciar siempre eso, la naturaleza de lo cotidiano. Yo por eso casi no veo películas, porque en ellas busco que se logre eso, y eso casi nunca pasa. Prefiero esto de ahora, saber que él barre. Saber que enfrente hay un caracol.
Él barre y yo lo veo barrer. También habla, en modo automático, para nadie o para sí mismo. Hago que lo escucho, pero me fijo más en un caracol pegado al muro que está justo antes de un limonero enfermo, cerca de las matas de plátanos. Dice que en Japón ha muerto mucha gente, que en Chile se han derrumbado muchas casas, que hace un año también lo habían hecho. Yo le digo que no barra, que barrer es inútil. Entonces una hormiga molesta al caracol y el caracol mueve sus antenas, supongo que un poco enojado. Figúrate, esto que es una isla, se inundaría todo. Menos nosotros, le digo. Sí, por lo menos aquí no pasaría nada, dice. Por aquí nunca pasa nada, pienso.
Las hojas suenan y es bonito oírlas crujir. Ha barrido una parte considerable de ellas, con las hojas se mezclan unos capullos diminutos que caen desde los árboles. Es raro ver barrer. Es raro ver a alguien ocupado en algo, parecería como si estando, el otro no estuviese. O como una escena muy bien lograda en una película, pero no exactamente. The life of others, por ejemplo. Ahí el que espía se enamora de los gestos, de la vida del espiado, entonces uno quisiera tener la soltura del otro, presenciar siempre eso, la naturaleza de lo cotidiano. Yo por eso casi no veo películas, porque en ellas busco que se logre eso, y eso casi nunca pasa. Prefiero esto de ahora, saber que él barre. Saber que enfrente hay un caracol.
lunes, 14 de marzo de 2011
El hechizo
A pesar de la hora, tenía ganas de llamarla para decirle que había roto el hechizo, que por fin había escrito algo, que hace mucho no lo hacía. Tenía ganas de llamarla para contarle que había escrito sobre un hombre que había roto el hechizo, que por fin había escrito algo, que hace mucho no lo hacía.
miércoles, 26 de mayo de 2010
sábado, 10 de abril de 2010
Cita al dentista
Hace un tiempo escribí algo sobre pájaros que brillan y estrellas que vuelan. Hace también otro poco de tiempo estuve en el dentista. Una cosa no tiene que ver con la otra, pero no me importa. Que una cosa no tenga nada que ver con la otra, a veces hace que sí tengan que ver.
En la salita de espera habían dos niños: una niña y un niño. Estaban bastante asustados, y cómo no. Los dentistas asustan, a mí también me dan su poco de miedo. Sobre todo por su exceso de imaginación. Inventan problemas y cirugías y brackets y todas esas cosas.
En un televisor pequeño pasaban el programa de la señora dominicana, la gorda, cuyo nombre ahora mismo no recuerdo. Y eso añadía a mi hastío. Pero la secretaria era linda, como pocas secretarias. Nunca había visto a una secretaria linda, debe ser porque nunca voy a lugares donde las haya. Hasta me dieron ganas de ir al dentista más seguido, pero no. Tampoco tanto.
A los quince minutos -más o menos- se abrió la puerta y, como cada vez que se abre una puerta miro, miré. Entró una señora mayor, delgada y con el pelo teñido. Les sonrió a los niños y ellos respondieron a aquella sonrisa.
Conversó con la secretaria con soltura, casi con familiaridad. Quizá vaya mucho allí. Las madres de ambos niños (se me había olvidado mencionarlas) tenían cara de pocos amigos, y yo no era la excepción. Sobre todo por el televisor. De improviso la señora mayor sacó una bolsa transparente que dejaba entrever unas cosas de colores que no supe qué eran hasta un rato después.
Hacía un frío peludo, como en toda oficina de este país, cosa absurda y más absurda allí. Yo estaba cerca de la puerta de cristal y al otro lado de la calle vi a un hombre que se secaba el sudor de la frente.
En la bolsa había origamis. La señora los desparramó en la silla que estaba a su lado y con la mano invitó a los niños. Jugaron por un rato. Y también aprendieron a hacer su figurita. La señora era bastante rara, por un momento no supe si ella era la niña o ellos los viejitos, o ella los igualaba, o cada uno continuaba siendo cada uno.
Después de ponerme los espejuelos pude ver que las figuritas eran pajaritos, -más bien parecían gansos, y estrellas. Una vez me trataron de enseñar a hacer esos pájaros, pero me despisté y no aprendí.
Pasaron unos minutos y la secretaria llamó a los niños para ser atendidos, al rato me tocó a mí. Antes de entrar la señora me llamó con un psss y me regaló una estrella. –Hay que compartir. El que no comparte, pierde la mitad de la vida– dijo y sonrió. Yo no supe qué hacer y dije –gracias– y también sonreí.
Salí de la consulta y de las manos de una enfermera buena gente que me contó muchas cosas de su vida y yo con la boca abierta de par en par, y la señora de los pajaritos: kaput, no estaba.
Miré por última vez a la secretaria, pero no se dio cuenta porque hablaba por su celular, y cuando le gente habla por esos aparatos no miran. Igual me fui contento, a pesar de que me encontraron una carie. La estrellita la guardé en mi bolsillo izquierdo. Afuera el sol calentaba mucho y al poco rato me tuve que secar el sudor de la frente.
En la salita de espera habían dos niños: una niña y un niño. Estaban bastante asustados, y cómo no. Los dentistas asustan, a mí también me dan su poco de miedo. Sobre todo por su exceso de imaginación. Inventan problemas y cirugías y brackets y todas esas cosas.
En un televisor pequeño pasaban el programa de la señora dominicana, la gorda, cuyo nombre ahora mismo no recuerdo. Y eso añadía a mi hastío. Pero la secretaria era linda, como pocas secretarias. Nunca había visto a una secretaria linda, debe ser porque nunca voy a lugares donde las haya. Hasta me dieron ganas de ir al dentista más seguido, pero no. Tampoco tanto.
A los quince minutos -más o menos- se abrió la puerta y, como cada vez que se abre una puerta miro, miré. Entró una señora mayor, delgada y con el pelo teñido. Les sonrió a los niños y ellos respondieron a aquella sonrisa.
Conversó con la secretaria con soltura, casi con familiaridad. Quizá vaya mucho allí. Las madres de ambos niños (se me había olvidado mencionarlas) tenían cara de pocos amigos, y yo no era la excepción. Sobre todo por el televisor. De improviso la señora mayor sacó una bolsa transparente que dejaba entrever unas cosas de colores que no supe qué eran hasta un rato después.
Hacía un frío peludo, como en toda oficina de este país, cosa absurda y más absurda allí. Yo estaba cerca de la puerta de cristal y al otro lado de la calle vi a un hombre que se secaba el sudor de la frente.
En la bolsa había origamis. La señora los desparramó en la silla que estaba a su lado y con la mano invitó a los niños. Jugaron por un rato. Y también aprendieron a hacer su figurita. La señora era bastante rara, por un momento no supe si ella era la niña o ellos los viejitos, o ella los igualaba, o cada uno continuaba siendo cada uno.
Después de ponerme los espejuelos pude ver que las figuritas eran pajaritos, -más bien parecían gansos, y estrellas. Una vez me trataron de enseñar a hacer esos pájaros, pero me despisté y no aprendí.
Pasaron unos minutos y la secretaria llamó a los niños para ser atendidos, al rato me tocó a mí. Antes de entrar la señora me llamó con un psss y me regaló una estrella. –Hay que compartir. El que no comparte, pierde la mitad de la vida– dijo y sonrió. Yo no supe qué hacer y dije –gracias– y también sonreí.
Salí de la consulta y de las manos de una enfermera buena gente que me contó muchas cosas de su vida y yo con la boca abierta de par en par, y la señora de los pajaritos: kaput, no estaba.
Miré por última vez a la secretaria, pero no se dio cuenta porque hablaba por su celular, y cuando le gente habla por esos aparatos no miran. Igual me fui contento, a pesar de que me encontraron una carie. La estrellita la guardé en mi bolsillo izquierdo. Afuera el sol calentaba mucho y al poco rato me tuve que secar el sudor de la frente.
domingo, 21 de marzo de 2010
martes, 2 de marzo de 2010
Réplica a Juan
Hay días que uno no sabe si amanece como continuación del día anterior. No hablo de alcohol. Hablo de esos días que uno amanece como en otro mundo, sabiendo que irremediablemente está en el de siempre. No sé si esto es triste o no. Pero no todos los días son continuación. Los amigos, por ejemplo. Uno comparte con amigos o algo parecido y no todo es continuación. Hace un tiempo que tomé una clase con Juanluís –nunca le he preguntado por qué su nombre se escribe así– Y ningún día era continuación. Uno lo veía, le hablaba, lo abrazaba (porque dan ganas de abrazarlo) y cada día era sentirse como en otro mundo y siempre estando en este.
Juanluís es un tipo triste, él lo sabe. Si no le hablas difícilmente él lo hará. Las palabras le salen a cuentagotas, como migas de pan que alguien lanza por caridad, porque no hay otro remedio y son casi un milagro. Pero uno sabe que no es adrede, sino que simplemente no habla o lo hace poco.
Hay silencios repugnantes, como cuando se está con una mujer que recién se conoce y ninguno de los dos habla y uno quiere escapar, echar a correr para engañar al cuerpo y hacerle creer que escapa. Pero el silencio con Juanluís era otra cosa. El silencio con él era un sitio común y corriente, una esquina en la que uno se sienta, o un sillón caro de ésos que ambos jamás llegaremos a tener.
Ya no tomo la clase -bastante mala por cierto- con Juanluís. A veces me lo cruzo y le pregunto que cómo está, sabiendo que nunca lo sabré y quizá tampoco nadie. Y es que cómo uno sabe cómo está. Yo no sé qué es estar.
“Aveces pierdo el control y digo cosas que no debí haber dicho. Aveces pierdo el control y no digo las cosas que debí decir”. Estas dos líneas son de Juanluís. Si uno se fija: “Aveces” está escrito junto. A mí me enternecen las faltas de ortografía de él. Creo que, más que faltas, son añadiduras. Porque si uno ve más allá, lo que se escribe desde ésa víscera que uno tiene y siempre o casi siempre esconde, las cosas salen sin correcciones, imperfectas, como todo lo bueno.
Estas dos líneas son las más, las más babillosas, por llamarlo de algún modo, que he leído en buen tiempo. No creo que tenga que explicar el porqué ni que haya mucho que decir. Realmente siempre hay muy poco que decir.
Los días que son continuación son, por lo general, alegres, conocidos, previsibles. Con Juanluís, ahora viéndolo poco y cruzándomelo poco también, ningún día es continuación. No sé por qué. Quizá sea por sus pocas palabras, por un silencio siempre renovado, o la tristeza que le veo en la cara y las manos y que admiro. Siempre he admirado la tristeza y no sé por qué. Hay que tener huevos para estar triste.
Juanluís es un tipo triste, él lo sabe. Si no le hablas difícilmente él lo hará. Las palabras le salen a cuentagotas, como migas de pan que alguien lanza por caridad, porque no hay otro remedio y son casi un milagro. Pero uno sabe que no es adrede, sino que simplemente no habla o lo hace poco.
Hay silencios repugnantes, como cuando se está con una mujer que recién se conoce y ninguno de los dos habla y uno quiere escapar, echar a correr para engañar al cuerpo y hacerle creer que escapa. Pero el silencio con Juanluís era otra cosa. El silencio con él era un sitio común y corriente, una esquina en la que uno se sienta, o un sillón caro de ésos que ambos jamás llegaremos a tener.
Ya no tomo la clase -bastante mala por cierto- con Juanluís. A veces me lo cruzo y le pregunto que cómo está, sabiendo que nunca lo sabré y quizá tampoco nadie. Y es que cómo uno sabe cómo está. Yo no sé qué es estar.
“Aveces pierdo el control y digo cosas que no debí haber dicho. Aveces pierdo el control y no digo las cosas que debí decir”. Estas dos líneas son de Juanluís. Si uno se fija: “Aveces” está escrito junto. A mí me enternecen las faltas de ortografía de él. Creo que, más que faltas, son añadiduras. Porque si uno ve más allá, lo que se escribe desde ésa víscera que uno tiene y siempre o casi siempre esconde, las cosas salen sin correcciones, imperfectas, como todo lo bueno.
Estas dos líneas son las más, las más babillosas, por llamarlo de algún modo, que he leído en buen tiempo. No creo que tenga que explicar el porqué ni que haya mucho que decir. Realmente siempre hay muy poco que decir.
Los días que son continuación son, por lo general, alegres, conocidos, previsibles. Con Juanluís, ahora viéndolo poco y cruzándomelo poco también, ningún día es continuación. No sé por qué. Quizá sea por sus pocas palabras, por un silencio siempre renovado, o la tristeza que le veo en la cara y las manos y que admiro. Siempre he admirado la tristeza y no sé por qué. Hay que tener huevos para estar triste.
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