miércoles, 27 de mayo de 2009

Ravioles con galletas export soda

Ravioles con galletas export soda



I

No sé por que escribo esto. A mi también me da miedo enfrentarme a la página en blanco o peor aún, a la pantalla blanca, amenazante. Creo que escribo porque acompaño un vino buenísimo que me regaló el viejo Max con unos ravioles que ordené al restorant italiano. Ordené ravioles en salsa roja porque dejaron de hacer los ñoquis y no me quedó de otra. El dueño del restorant, un tipo gueso él, de nombre Gino, dice que ya la gente no los estaba pidiendo. Bueno, es una lástima.
En fin, los ravioles los ordené para tener algo que acompañara dignamente el vino que me trajo Max hace un par de días. Es curioso, pero movido por un impulso casi involuntario fui a la cocina a buscar un paquete de galletas export soda para mojarlas en la salsa roja. Era el último paquete que quedaba. No me acuerdo cuándo compré esas galletas. Debió haber sido para algún huracán, no sé El caso es que esta extraña mezcla de galletas con ravioles –no quiero imaginar esa mezcla en mi estómago- me hizo pensar en algo que recuerdo, pero muy vagamente, a medias.

II

Le decían El Gato. Ninguno de los niños nunca le cuestionó el porqué. Lo menos que tenía era cara de gato. A esa edad muchas cosas son así porque sí, porque ya alguien las ha decidido por uno. El Gato no era El Gato cuando jugaba a los Centinelas Galácticos junto a los otros niños. Era el rojo. No era colorado, tampoco tenía la piel rojiza. Era el rojo porque siempre llevaba puesto un abrigo de lana roja que su abuela le había tejido.
Era el único niño capaz de corretear, saltar, y ser un auténtico Centinela Galáctico dentro de aquel abrigo rojo a casi más de noventa grados de temperatura. El sol resquebrajaba la tierra y derretía el ya cuarteado asfalto. Nadie le cuestionaba su rara costumbre de llevar puesto aquel abrigo. A esa edad alguien o algo ya ha decidido por nosotros. Lo cierto es que El Gato, cuando no jugaba a ser un Centinela Galáctico y dejaba de ser El Rojo, era poco más que un niño problemático, perdido, ausente. Eso. Era un niño ausente. ¿Cómo se es; mientras se está ausente? Difícil saberlo. Tampoco El Gato lo sabía. La hora del almuerzo, por ejemplo, le provocaba la sensación de tener un guante de pelota en el estómago. Esperaba la fila obedientemente intentando que ningún otro niño se le colara. Agarraba la bandeja color crema, luego con una mueca de asco se sentaba sin mirar a nadie y comía a grandes cucharadas para que el trauma fuera pasajero.
Laura estaba sentada a su derecha y Mario a su izquierda. Mario quería ser como Carlitos Colón cuando grande y en el almuerzo mezclaba toda la comida: el postre, el chocolate, los vegetales, el arroz, para incrementar su fortaleza y poder ser, al fin y al cabo, Carlitos Colón.
Laura observaba de reojo a aquel niño flaco, pálido, sin gracia dentro de aquella lana roja. El Gato, como en un transe, comía lo más rápido posible para que la tortura no se extendiera más de la cuenta. Laura era flaquita y de ojos redondos. Tenía el cabello color castaño. Más arriba de la frente se le formaban pequeños remolinos un poco más claros que el resto del cabello. El Gato no había visto nunca a Laura. Ella a él sí. Y lo quería del único modo en que se quiere a esa edad. Aquel día el menú estaba compuesto por ravioles, galletas export soda, jugo de uva y frutas mixtas en conserva. A El Gato no le gustaba ninguna de las comidas que servían en aquella escuela. Particularmente la mezcla de las galletas export soda, algo tan de huracán, junto con los ravioles. Laura lo observaba todo el tiempo. Siempre de reojo. Lo atajó diciéndole que si él descartaba las galletas ella se las comería. Esto a El Gato le causó un rechazo automático y decidió derramar los restos de su bandeja encima de la niña. Laura lloró.

III

Son casi las nueve y ya debe estar por venir Esther del trabajo. Trabaja en una firma de arquitectos y llega muy cansada. La pobre… Debe tener hambre, le guardé un poco del vino y por supuesto había ordenado ravioles para ella. Debo ir al puesto de la esquina a comprar galletas. Con Esther estoy casado hace poco más de un año. Es perfecta. La mujer a la que cualquier hombre quisiera aspirar. Linda, trabajadora, inteligente, sencilla. Tiene una hermana gemela llamada Laura que también es linda. Con Esther me casé, entre otras cosas, porque de niña odiaba los ravioles con galletas tanto como yo.

4 comentarios:

desvalijados dijo...

muy bonito señor barco rojo. ya sé que lo tuyo es la brevedad, pero esto también se te da bien. hazlo más seguido, no?

Sergio C. Gutiérrez-Negrón dijo...

christian, me gustó este. Como dijeron arriba, se te da lo largo. Me tuvo algo del Alejandro Zambra, o algo que recién vi en 'Bonsai' pero que ya tu como que guiñabas. Esa cuestión del tiempo comprimido, de la cosa como boceto, casi.
Pero nah, espero verte antes de desaparecerme en agosto.

Ordinaria dijo...

me sacaste hasta unas sonrisas más güenas. te quedó!!!! sé que hace un tiempo me habías mandao a leerlo, sori por mi pegaera. me lo disfruté, mucho. me llevo esto para mi gaveta:

"¿Cómo se es; mientras se está ausente? Difícil saberlo. Tampoco El Gato lo sabía".

Cómo se sabe?,
No sé.

No se sabrá?,
No sé

No se puede?,
No sé.

nicolececilia dijo...

clásico de comedor escolar